sábado, 15 de enero de 2011

"Me llamo Alba, tengo trece años y lo que más me gusta en la vida es chupar"


Me veo encerrada en cuerpo de niña, envuelta en cuero de púber. ¿Encerrada? En realidad estoy de puta madre. Tengo siempre la misma edad. Y soy inmortal, zorra.

Memorias de una menor inmortal - Anónimo (Melusina, 2010)


Como si Grant Morrison se hubiera cambiado de sexo, dice el señor Migoya en su blog. Porque, tal y como les ocurre a algunos cuentos y novelas cortas, Memorias de una menor inmortal parece destinada a tener su inmediata versión en cómic. Morbosa y absorbente, esta novela, protagonizada por una adolescente eterna que roza el medio siglo de no vida, promete en sus primeras páginas un delirio de sangre y violencia sin sentido que, aunque quede en agua de borrajas al devenir en relato romántico, no deja mal sabor de boca; al contrario. Esto se debe, en parte, a su sorprendente mala baba para con la escena literaria patria, pero también a las cinematográficas descripciones de los momentos más crudos (y adictivos). The way you taste. You know I have an appetite for sexy things, canta Britney en el prólogo; un apetito, el del lector, que queda a medio satisfacer debido a que la autora, aunque cierre algunas puertas argumentales, deja otras tantas entornadas: La promesa (o mis ganas) de Alba y Resurrección como antiheroínas de la Barcelona más oscura, el potencial de un cuerpo de niña y una cabeza de mujer para manejar el deseo de los hombres por encima de sus remordimientos o el embarazo como moneda de cambio. ¿Un crossover con la Claudia de Entrevista con el vampiro? Déjenme soñar.

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