viernes, 2 de mayo de 2008

Cinefagia

Acudir al cine en soledad es un oscuro ritual que comienza con la compra del periódico. Abrir el suplemento de jolgorios varios por las páginas de cinefagia y escoger con cuidado qué ir a degustar. Normalmente suelo ser solidaria con la causa global y elijo la película que nadie querría ver. Lo hago por puro egoismo. No es que no disfrute torturando a mis acompañantes, pero odio que me sugieran con chasquidos, resoplidos y demás discretas manifestaciones que la película no está siendo de su gusto. Así pues, me parapeto con una camiseta de manga larga (nunca se sabe de qué humor estará el aire acondicionado de turno) y me dirijo al cine escogido, preferiblemente en versión original. Le pido a la amable taquillera un asiento con aire por los lados. Me acurruco en mi butaca y espero a que se haga la magia. Casi dos horas de magia por seis euros. Drogas más caras se han visto. Y la sensación de que el mundo queda suspendido durante el tiempo que pasas, a oscuras, en la Eternidad.

4 comentarios:

Edgar Quinet dijo...

yo eso lo hago a veces también
pero desde que me compré la pantalla de 42" ya voy menos al cine y me quedo en casa. Lo malo, que en casa, al ser gratis, a poco que la peli se me tuerza apago y a otra cosa.

de todos modos me ocurre tal cual lo cuentas

Mado Martínez dijo...

Comparto tu cinefagia a ratos... Me parece genial el rescate que hiciste hace unos posts de Alphonse Muche y me quedo mirando las margaritas (hoy estoy en el campo con mi portátil) reflexionando sobre el verdadero debate sobre esa foto de Annie Leibovitz.

Mordisquitos dijo...

¡Qué caro está el cine en Madrid!

La pequeña Delirio dijo...

Ais, ir al cine debería ser siempre un maravilloso ritual...